El planeta que fue azul

Hoy publico en mi blog el relato con el que participo en el Concurso de historias de Ciencia Ficción de Zenda Libros . Espero que os guste mi propuesta, y muchas gracias a los que la leáis (es muy cortito).

 

El planeta que fue azul

Leopold Joyce, que debía su nombre al ingenio irlandés de su padre, ya había nacido en la Era de la Desertización. Los pocos supervivientes, muy ancianos, que habían conocido el mundo como era antes, hablaban de grandes lagos, verdes extensiones de árboles y agua que salía por los grifos. Pero él sólo había vivido junto las desaladoras portátiles y a esa arena que, arrastrada por el viento, erosionaba todo de manera continua. Cambio climático, lo llamaban.

Cuando circulaba por aquella carretera que llevaba hasta el Centro de Inteligencia, donde trabajaba, tenía que cubrir su boca y nariz con un pañuelo, y sus ojos con unas gafas de esquí, pues los finos granos de arena entraban por cualquier resquicio del coche. Pero ese día en concreto Leopold  estaba contento, era su primera incursión en SIROCCO.

SIROCCO era en nombre con que se había bautizado al sistema de realidad virtual que se utilizaba para investigar el pasado. Pascal Lamar y su equipo habían tardado veinticinco años en dar con el algoritmo adecuado y hacer que funcionara. Básicamente, recogía los datos almacenados en servidores de todo el mundo —páginas web, publicaciones en redes sociales, street views, cámaras de seguridad, mapas de navegación y cualquier otro tipo de publicación en Internet—, y generaba una realidad virtual en alta definición a tiempo real. Como viajar en el tiempo sin que puedas interactuar en él, decían los compañeros que ya lo habían experimentado. Tras un proceso de sedación, el algoritmo actuaba sobre las ondas delta del cerebro y, de forma mágica, despertabas en el momento del pasado al que te hubieran enviado.

La misión de Leopold consistía en recabar datos sobre la investigación de cáncer de pulmón en diciembre de 2022, y viajaba a Madrid para ver trabajar in situ al equipo del doctor Abril, desarrollador de una posible cura. Era una misión rutinaria, de documentación. Verlos trabajar y tomar nota de los procedimientos que empleaban. El índice de casos de cáncer de pulmón crecía de manera alarmante por culpa de las partículas de polvo y arena que transportaba el cálido aire que se respiraba.

El algoritmo recreaba una zona de despertar. Un lugar donde recuperar la consciencia y acostumbrarse a las sensaciones virtuales que proporcionaba SIROCCO. El de Leopold era una habitación, parecía de hotel. Estaba anocheciendo y la televisión daba las noticias. Lo primero que hizo fue salir al balcón.

El aire era extraño, sin arena, pero con una neblina que lo envolvía todo. Era producto del intenso tráfico de coches que inundaba la calle, acompañado de un desagradable rumor de motores y cláxones que se clavaba en la cabeza. Aunque se respiraba mejor, sin arena, el olor era horrible, casi inaguantable. Pero desde allí arriba vio que ninguna de las cientos de personas que caminaban por la calle parecía molestarse por nada de todo aquello.

El informativo hablaba de un atentado con coche-bomba en Kabul, con una cifra de más de quinientos muertos. Había oído hablar de que cosas así pasaban antes de la Desertización, pero ver las imágenes fue un impacto demasiado grande para ser su primera toma de contacto.

Bajó a la calle, resultó ser la Gran Vía los días previos a la navidad. Sintió lástima por el derroche de energía eléctrica; las calles decoradas con miles de puntos de luz, los grandes letreros luminosos que anunciaban ropa o perfumes, y la claridad que había dentro de las tiendas, donde parecía que en cada una de ellas se había hecho de día. Aquella gente no sabía el recurso tan grande que estaba malgastando.

La pantalla de su reloj le iba indicando el camino que tenía que seguir para llegar al centro de investigación donde trabajaba el equipo de doctor Abril. Cuatro kilómetros que decidió hacer andando. Jamás hubiera imaginado que SIROCCO recreara el pasado con ese nivel de detalle, que incluía sus sentidos. Aquella gente con la que se cruzaba debía llevar décadas muerta. Si no había sido por el Día del Cambio, sería por las Guerras del Agua. Pero eran completamente ajenos a lo que estaba por venir, parecían vivir en un hedonismo que les hacía sentirse protegidos, intocables.

Personas cargadas con bolsas de regalos contrastaban con mendigos sentados en las aceras con un sombrero para recoger monedas. Dos conductores discutían por un choque que habían sufrido, pero nadie se detuvo a mediar o tratar de calmar los ánimos. Una patrulla de policía cacheaba a dos jóvenes en una esquina. Todo aquello era impensable en la época de Leopold.

Pero lo que más le impactó fue el aspecto físico de una gran parte de la gente. El exceso de kilos era más que evidente en muchos de ellos, estaba claro que no sufrían racionamiento de comida. Es más, por unas monedas podías comer lo que quisieras en cualquier momento, sobre todo alimentos ricos en azúcar y grasas saturadas. Leopold alucinaba en aquel mundo superpoblado de personas que vivían centradas en la pantalla de su teléfono móvil. Seguro que aquella época estaba llena de cosas buenas, pero debían estar muy escondidas y él no tenía tiempo para buscarlas.

El despertar fue más brusco de lo que pensaba, y le costó unas horas recuperarse. Leopold pasó la noche redactando el informe con los datos que había recabado y el alba le pilló dormido en su escritorio. Al entregarlo, recibió el sello de conformidad. Había completado con éxito su primera misión en SIROCCO.

Pero le quedó claro que el mundo pasado no era tan idílico como contaban los viejos supervivientes. La memoria tiende a ser selectiva y sólo recordar las cosas buenas. Quizá fuera mejor así, como un mecanismo de defensa. O quizá la Desertización había recordado al ser humano que aquel planeta, antes más azul, no era de su propiedad.

 

 

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